Una mañana más... otra soleada mañana
de primavera. Hoy es el día 250 desde que empecé aquel improvisado
calendario cuando noté que estaba perdiendo la cordura minuto a
minuto, la verdad es que no soy capaz de recordar el tiempo real que
llevo aquí. Las paredes de la celda empiezan a ser insuficientes
para llevar la cuenta de mis días, pronto tendré que empezar a
utilizar el suelo...
Hace tiempo que entablé una cierta
amistad con mi carcelero. Él me trae la comida y una tiza escondida
en la servilleta. Accedió a concederme el favor cuando percibió mis
delirios...
A través del pequeño ventanuco de la
celda puedo observar cuando brilla el sol o cuando llueve, pero jamás
entra aire fresco por él, lo único que respiro es este rancio y
viciado gas que empequeñece mis pulmones...
Cuando por fin decido abrir los ojos,
me giro en mi lecho y veo un extraño haz de luz, intento enfocar
mejor y me doy cuenta de que la puerta de la celda no está cerrada
como siempre, se han olvidado bloquearla y ha ido cediendo poco a
poco. Si me incorporase, ahora mismo podría abrirla por mí mismo y
escapar de mi encierro. Pero tengo miedo... miedo a lo desconocido,
miedo a que recuerden su error y me pillen intentando escapar, el
castigo podría ser horrible. Además no tengo casi fuerzas para
levantar ni mi propio peso y con mi corta memoria no podría regresar
sobre los pasos que me harían recuperar la libertad.
Hace unos veinte días que me cambiaron
la dieta, aquel potaje al límite de lo soportable ha pasado a a ser
una especie de papilla repugnante. Te sacia, pero no te mantiene
fuerte, es más, juraría que la disminución progresiva de mis
fuerzas coincide exactamente con el día que me empezaron a alimentar
con esa asquerosa mezcla de quién sabe qué.
Pero la curiosidad me puede. La
esperanza y el ansia de libertad me empujan a levantarme y caminar
hasta la puerta. Con un suspiro, agarro la puerta con mis temblorosas
manos y la empujo. Con el cuerpo convertido en un manojo de nervios
me asomo discretamente por la pequeña rendija que he dejado. Hasta
donde alcanza mi vista parece no haber nadie, así que abro la puerta
un poco más y miro al otro lado... Tampoco hay nadie... Dudando me
deslizo hacia el exterior de la celda, todo me parece muy extraño.
Para mi sorpresa aquel pasillo me resulta vagamente familiar, pero
está descuidadamente poco vigilado. No parece haber tampoco ningún
preso en el resto de las celdas. ¿Habrán abandonado el lugar y se
han olvidado de mí?
Como un reptil, llego a la pared de
enfrente. Me encuentro en el pasillo, débilmente iluminado de punta
a punta. Me decido a avanzar hacia la derecha, cuando giro la
esquina, un enorme portón cierra el corredor.
Tirando de mi cuerpo con las últimas
energías de mis brazos, logro avanzar unos metros hacia el portón,
hasta que el sonido de unos pasos me hace detenerme. La sombra de dos
carceleros que conversan se acerca y tengo que hacer con mi cuerpo un
ovillo. Cuando llegan a mi altura, los pasos cesan y tengo la certeza
de que todo ha terminado...
El miedo me hace temblar a pesar de mis
esfuerzos y noto que pierdo la cabeza. Además, la vista se me
empieza a nublar.
Los dos carceleros siguen con su
conversación y, cuando uno de los dos se queda mirando hacia donde
yo estoy, parece no verme y finalmente desvía la mirada. Sin dejar
de hablar, continúan su camino y desaparecen por el otro corredor.
Pienso que ya estoy muerto, que quizás
no me han visto porque todo ha sido una confusión de mi mente. Pero
el cosquilleo de la esperanza y el deseo de ponerle fin a mi encierro
me dan fuerzas para seguir. ¡Vamos! Mis brazos y rodillas se vuelven
a poner en funcionamiento. Arrastro mi cuerpo decrépito por los
últimos metros que faltan para alcanzar el portón. Al llegar, lo
empujo y este cede. ¡No hay cerradura!
Una inmensa y deslumbrante luz me da la
bienvenida. Hacía tanto tiempo que no sentía los rayos del sol
sobre mi piel... Un soplo de aire fresco me da fuerzas. Sacando medio
cuerpo, entreabro los ojos, casi ciegos por el sol, y veo el
horizonte. Afuera me aguardan los campos, el verde de las montañas a
las que huiría... Puedo despegar mis labios por primera vez en mucho
tiempo y balbuceo sin saliva: "¡Aleluya!", al tiempo que
abro los brazos para agradecer al cielo mi salvación...
En ese mismo intante imagino que mi
gesto es correspondido por el de una sombra y creo sentir cómo un
abrazo me aprieta contra su pecho paternalmente. Una figura, desde
arriba, me mira con piedad.
¡Cielos! ¡Estoy abrazado a mi
verdugo! Después de todo, más allá de esa puerta solo me esperaba
la muerte.
El venerable juez me observa con
ternura y en ese instante comprendo que todo ha formado parte de la
última tortura: la tortura de la última esperanza...
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Un saludo!
Sergy.
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