jueves, 18 de julio de 2013

La última esperanza

Una mañana más... otra soleada mañana de primavera. Hoy es el día 250 desde que empecé aquel improvisado calendario cuando noté que estaba perdiendo la cordura minuto a minuto, la verdad es que no soy capaz de recordar el tiempo real que llevo aquí. Las paredes de la celda empiezan a ser insuficientes para llevar la cuenta de mis días, pronto tendré que empezar a utilizar el suelo...

Hace tiempo que entablé una cierta amistad con mi carcelero. Él me trae la comida y una tiza escondida en la servilleta. Accedió a concederme el favor cuando percibió mis delirios...

A través del pequeño ventanuco de la celda puedo observar cuando brilla el sol o cuando llueve, pero jamás entra aire fresco por él, lo único que respiro es este rancio y viciado gas que empequeñece mis pulmones...

Cuando por fin decido abrir los ojos, me giro en mi lecho y veo un extraño haz de luz, intento enfocar mejor y me doy cuenta de que la puerta de la celda no está cerrada como siempre, se han olvidado bloquearla y ha ido cediendo poco a poco. Si me incorporase, ahora mismo podría abrirla por mí mismo y escapar de mi encierro. Pero tengo miedo... miedo a lo desconocido, miedo a que recuerden su error y me pillen intentando escapar, el castigo podría ser horrible. Además no tengo casi fuerzas para levantar ni mi propio peso y con mi corta memoria no podría regresar sobre los pasos que me harían recuperar la libertad.

Hace unos veinte días que me cambiaron la dieta, aquel potaje al límite de lo soportable ha pasado a a ser una especie de papilla repugnante. Te sacia, pero no te mantiene fuerte, es más, juraría que la disminución progresiva de mis fuerzas coincide exactamente con el día que me empezaron a alimentar con esa asquerosa mezcla de quién sabe qué.

Pero la curiosidad me puede. La esperanza y el ansia de libertad me empujan a levantarme y caminar hasta la puerta. Con un suspiro, agarro la puerta con mis temblorosas manos y la empujo. Con el cuerpo convertido en un manojo de nervios me asomo discretamente por la pequeña rendija que he dejado. Hasta donde alcanza mi vista parece no haber nadie, así que abro la puerta un poco más y miro al otro lado... Tampoco hay nadie... Dudando me deslizo hacia el exterior de la celda, todo me parece muy extraño. Para mi sorpresa aquel pasillo me resulta vagamente familiar, pero está descuidadamente poco vigilado. No parece haber tampoco ningún preso en el resto de las celdas. ¿Habrán abandonado el lugar y se han olvidado de mí?

Como un reptil, llego a la pared de enfrente. Me encuentro en el pasillo, débilmente iluminado de punta a punta. Me decido a avanzar hacia la derecha, cuando giro la esquina, un enorme portón cierra el corredor.

Tirando de mi cuerpo con las últimas energías de mis brazos, logro avanzar unos metros hacia el portón, hasta que el sonido de unos pasos me hace detenerme. La sombra de dos carceleros que conversan se acerca y tengo que hacer con mi cuerpo un ovillo. Cuando llegan a mi altura, los pasos cesan y tengo la certeza de que todo ha terminado...

El miedo me hace temblar a pesar de mis esfuerzos y noto que pierdo la cabeza. Además, la vista se me empieza a nublar.

Los dos carceleros siguen con su conversación y, cuando uno de los dos se queda mirando hacia donde yo estoy, parece no verme y finalmente desvía la mirada. Sin dejar de hablar, continúan su camino y desaparecen por el otro corredor.

Pienso que ya estoy muerto, que quizás no me han visto porque todo ha sido una confusión de mi mente. Pero el cosquilleo de la esperanza y el deseo de ponerle fin a mi encierro me dan fuerzas para seguir. ¡Vamos! Mis brazos y rodillas se vuelven a poner en funcionamiento. Arrastro mi cuerpo decrépito por los últimos metros que faltan para alcanzar el portón. Al llegar, lo empujo y este cede. ¡No hay cerradura!

Una inmensa y deslumbrante luz me da la bienvenida. Hacía tanto tiempo que no sentía los rayos del sol sobre mi piel... Un soplo de aire fresco me da fuerzas. Sacando medio cuerpo, entreabro los ojos, casi ciegos por el sol, y veo el horizonte. Afuera me aguardan los campos, el verde de las montañas a las que huiría... Puedo despegar mis labios por primera vez en mucho tiempo y balbuceo sin saliva: "¡Aleluya!", al tiempo que abro los brazos para agradecer al cielo mi salvación...

En ese mismo intante imagino que mi gesto es correspondido por el de una sombra y creo sentir cómo un abrazo me aprieta contra su pecho paternalmente. Una figura, desde arriba, me mira con piedad.

¡Cielos! ¡Estoy abrazado a mi verdugo! Después de todo, más allá de esa puerta solo me esperaba la muerte.


El venerable juez me observa con ternura y en ese instante comprendo que todo ha formado parte de la última tortura: la tortura de la última esperanza...

Y eso es todo. ¡Espero que os haya gustado! No os olvidéis de puntuar, comentar, compartirlo y seguirme.

También podéis seguirme en Twitter, con el enlace de arriba o en @SergyPriestly

Un saludo!

Sergy.

No hay comentarios: