domingo, 29 de julio de 2012

Aquel maravilloso verano

Oliver y Sara se conocen de toda la vida. Desde que son muy pequeños han pasado todos los veranos en la Costa del Sol. El mismo grupo de amigos, los mismos lugares. Tras pasar casi todo el verano de vacaciones volvían cada uno a su ciudad. Ella a Tarragona y él a Toledo, y como cada año casi no se habían dirigido la palabra. Apenas algún saludo en la cola del cine de verano, tal vez un tímido gesto cuando coincidían acompañando a sus padres a la compra en el supermercado. Pero cuando se trataba de sus amigos nunca coincidían sus miradas ni sus palabras.


Aún así, se gustaban muchísimo. Se espiaban a diario. Él siempre que podía pasaba por delante del chalet adosado donde ella veraneaba camino del salón recreativo, buscándola con la mirada entre las plantas que cubrían su verja. Ella, aunque siempre se hacía la dura, acompañaba encantada al grupo de chicas al campo de fútbol para verle, con la excusa de acompañar a una de sus amigas que estaba enamorada locamente de otro de los chicos de la pandilla.

Así pasaron los años, entre la playa por la mañana, los partidos de fútbol, la caminata nocturna con los padres por el paseo marítimo y el cine de verano al aire libre. Y los dos niños que se miraban de reojo mientras nadie les veía se convirtieron en dos jóvenes esbeltos.

Llegó el verano en el que los dos ya tenían 18 años y pronto empezaron las fiestas nocturnas, los pubs y los botellones. La hora de regresar a casa por la noche ya había aumentado casi a la de sus hermanos mayores y el grupo de las chicas y los chicos cada vez estaba más mezclado. Laura, la amiga de Sara que siempre las forzaba a acompañarles a ver el partido de los chicos, ya había empezado a salir con Cristian, el chico que tanto le gustaba. Un par de parejas más comenzaban a fraguarse, y mientras algunos se marchaban a la zona más oscura de la playa los que quedaban comiendo pipas en el paseo marítimo cada vez eran menos.
Oliver y Sara comenzaron a hablarse cada vez más, mientras los mas precoces desaparecían, entre ellos surgían conversaciones sin importancia que les hacían sentirse avergonzados. Y se marchaban con la sensación de solo haberse dicho tonterías. Pero esas tonterías noche tras noche, se fueron transformando en un cariño más intenso. Cada vez se contaban más cosas el uno del otro, hablaban de las cosas que les gustaban, de la universidad, de que serían cuando fueran mayores, de sus hermanos, de su ciudad y se fueron conociendo muy profundamente.
Les encantaba disimular cuando les rodeaba mucha gente. De día casi ni se miraban, ni se hablaban, era como si no se conocieran. Pero cuando llegaba la noche y casi todos desaparecían, siempre se quedaban los últimos y se acompañaban en su vuelta a casa. Se sentaban en las escaleras del portal hasta las tantas, charlando de lo que fuera. Y al día siguiente por la mañana en la playa hacían como si no hubieran hablado de nada, tratando de que nadie de la pandilla se diera cuenta de lo que pasaba entre los dos.
Pero era negar lo evidente, ya que todos los amigos se habían dado cuenta de lo que pasaba entre ellos. Pronto empezaron las típicas bromas y cuchicheos que tanto habían hecho por evitar, y a ellos les enfurecía escucharlos. Por un par de noches se dejaron de ver y de hablar por vergüenza, se cruzaron en el supermercado y evitaron hasta el tímido saludo que había sido su único contacto durante años.

Entonces llegó la noche de la acampada en la playa. Era toda un tradición entre todos los amigos. En la noche de Luna llena de Agosto, como cada año, se quedaban a dormir todos juntos al final de la playa, donde acababa el paseo marítimo. Hacían una barbacoa y tomaban bebidas hasta que algunos quedaban realmente ciegos. Los dos se habían resistido a ir por que se sentían cortados, pero no podían evitar estar junto a todos sus amigos la noche más especial de todo el verano. No estaban nada cómodos, algo les había ocurrido por dentro y no sabían como explicarlo ni comprenderlo, y ese sentimiento lo reflejaban con una timidez absoluta el uno en el otro.
Uno de los chicos se quitó el pantalón vaquero y en calzoncillos se metió en el agua, no tardaron en seguirle los mas borrachos. Ellas, mas previsoras, y sabiendo lo que iba a ocurrir, llevaban el biquini debajo de la ropa, y todos acabaron en el agua salvo Sara y Oliver. Entonces Sara venció su brutal timidez para acercarse a él, se sentó a su lado y se le cortó la respiración sorprendida de su propia actitud. Oliver la miró sorprendido, también hecho un montón de nervios y vio que ella estaba tiritando. Dudando le ofreció su chaqueta, y ella la aceptó con gusto. Lo mejor es que ella no estaba tiritando de frío, si no de miedo. Comenzaron a hablarse de nuevo, a preguntarse que les pasaba y por qué habían dejado de hablarse durante dos días enteros. Ninguno de los dos tenía una explicación a la pregunta ¿pero... estas enfadada/o conmigo? Los dos odiaban que los demás hablasen de ellos, y se lo explicaron terminando por reírse a carcajadas. Y entre una de esas risotadas, él acercó su mano levemente a su cara... separó su fino cabello y la rozó la oreja... bajo su mano hasta su cuello y la acercó sutilmente hasta que por primera vez en sus vidas posaron sus labios en los de otra persona. Pasó un universo por delante de aquel instante, dejaron de escucharse los gritos de los que continuaban chapoteando y mojándose en la orilla de la playa. Se olvidaron de donde se encontraban, el tiempo se paró, casi no se reconocían ni a ellos mismos, pero parecía que sus cuerpos estaban diseñados para expresar todos sus sentimientos en aquel mágico instante.

Pasaron el resto del verano sin separarse ni un segundo. Él pasaba a buscarla por su casa todas las mañanas para ir juntos a la playa. Silbaba desde detrás de las plantas para que ella saliera y la esperaba en el callejón donde terminaba el bloque de apartamentos. Eran muy sutiles, todo para que no se enteraran sus padres. Allí se daban un tímido beso de buenos días después de comprobar varias veces que no les observaba nadie. Ella le acompañaba siempre que tenían partido de fútbol, incluso le alentaba mientras jugaba, aunque no le gustara nada lo que para ella era "un estúpido juego".
Pasaban las noches, los días y las semanas, y poco a poco llegó el día en que se separarían durante mucho tiempo. Era como si negasen que aquel momento llegaría, pero el tiempo les pesó como una losa su última noche. Lloraron abrazados, envueltos entre toallas que habían llevado hasta la playa. Querían detener el tiempo y odiaron el momento en el que el sol alumbró su última mañana juntos. Caminaron por el paseo solitario entre ladridos y canturreos de los pájaros. Pasaron por delante de cada una de las esquinas donde se habían besado alguna noche, señalándola y riéndose entre nostalgia, recordando cada segundo mágico de aquel único verano donde conocieron el amor.
Se juraron cartas y postales. Se prometieron que cuando se sacaran el carnet de conducir al año siguiente, lo primero que harían sería irse a visitar, que escogerían la misma ciudad para estudiar en la universidad y poder pasar muchos años juntos. Y así entre recuerdos y sueños de futuro se unieron en un último abrazo, compartieron entre angustia y placer el momento más intenso que habían vivido hasta entonces en su joven existencia, y lo disfrutaron como si fuera el regalo mas grande y preciado que les hubiera dado la vida.
Sus manos dejaron de tocarse, se pidieron tantas veces que no se darían la vuelta para no hacer de aquella despedida un momento interminable. Pero no lo conseguían, una y otra vez se volvían y en una corta carrera hasta el otro se abrazaban besándose entre lagrimas y sollozos.

Por fin se separaron del todo, asustados al escuchar que alguien se había despertado en la casa de Sara. Ella salió corriendo secándose las lágrimas, y él caminó hasta su casa con la sensación de dejarse un trozo de su vida en aquel maravilloso verano.


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Sabéis que me adoráis, un beso de parte de Sergy :)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Preciosa la historia :)

Sergy Priestly dijo...

Vaya, gracias! :) Cosas como esta son las que me animan a seguir escribiendo.