Oliver y Sara se conocen de toda la vida. Desde que son muy
pequeños han pasado todos los veranos en la Costa del Sol. El mismo grupo de
amigos, los mismos lugares. Tras pasar casi todo el verano de vacaciones
volvían cada uno a su ciudad. Ella a Tarragona y él a Toledo, y como cada año
casi no se habían dirigido la palabra. Apenas algún saludo en la cola del cine
de verano, tal vez un tímido gesto cuando coincidían acompañando a sus padres a
la compra en el supermercado. Pero cuando se trataba de sus amigos nunca
coincidían sus miradas ni sus palabras.
Aún así, se gustaban muchísimo. Se espiaban a diario. Él
siempre que podía pasaba por delante del chalet adosado donde ella veraneaba
camino del salón recreativo, buscándola con la mirada entre las plantas que
cubrían su verja. Ella, aunque siempre se hacía la dura, acompañaba encantada
al grupo de chicas al campo de fútbol para verle, con la excusa de acompañar a
una de sus amigas que estaba enamorada locamente de otro de los chicos de la
pandilla.
Así pasaron los años, entre la playa por la mañana, los
partidos de fútbol, la caminata nocturna con los padres por el paseo marítimo y
el cine de verano al aire libre. Y los dos niños que se miraban de reojo
mientras nadie les veía se convirtieron en dos jóvenes esbeltos.
Llegó el verano en el que los dos ya tenían 18 años y pronto
empezaron las fiestas nocturnas, los pubs y los botellones. La hora de regresar
a casa por la noche ya había aumentado casi a la de sus hermanos mayores y el
grupo de las chicas y los chicos cada vez estaba más mezclado. Laura, la amiga
de Sara que siempre las forzaba a acompañarles a ver el partido de los chicos,
ya había empezado a salir con Cristian, el chico que tanto le gustaba. Un par
de parejas más comenzaban a fraguarse, y mientras algunos se marchaban a la
zona más oscura de la playa los que quedaban comiendo pipas en el paseo
marítimo cada vez eran menos.
Oliver y Sara comenzaron a hablarse cada vez más, mientras
los mas precoces desaparecían, entre ellos surgían conversaciones sin
importancia que les hacían sentirse avergonzados. Y se marchaban con la
sensación de solo haberse dicho tonterías. Pero esas tonterías noche tras
noche, se fueron transformando en un cariño más intenso. Cada vez se contaban
más cosas el uno del otro, hablaban de las cosas que les gustaban, de la
universidad, de que serían cuando fueran mayores, de sus hermanos, de su ciudad
y se fueron conociendo muy profundamente.
Les encantaba disimular cuando les rodeaba mucha gente. De
día casi ni se miraban, ni se hablaban, era como si no se conocieran. Pero
cuando llegaba la noche y casi todos desaparecían, siempre se quedaban los
últimos y se acompañaban en su vuelta a casa. Se sentaban en las escaleras del
portal hasta las tantas, charlando de lo que fuera. Y al día siguiente por la
mañana en la playa hacían como si no hubieran hablado de nada, tratando de que
nadie de la pandilla se diera cuenta de lo que pasaba entre los dos.
Pero era negar lo evidente, ya que todos los amigos se
habían dado cuenta de lo que pasaba entre ellos. Pronto empezaron las típicas
bromas y cuchicheos que tanto habían hecho por evitar, y a ellos les enfurecía
escucharlos. Por un par de noches se dejaron de ver y de hablar por vergüenza,
se cruzaron en el supermercado y evitaron hasta el tímido saludo que había sido
su único contacto durante años.
Entonces llegó la noche de la acampada en la playa. Era toda
un tradición entre todos los amigos. En la noche de Luna llena de Agosto, como
cada año, se quedaban a dormir todos juntos al final de la playa, donde acababa
el paseo marítimo. Hacían una barbacoa y tomaban bebidas hasta que algunos
quedaban realmente ciegos. Los dos se habían resistido a ir por que se sentían
cortados, pero no podían evitar estar junto a todos sus amigos la noche más
especial de todo el verano. No estaban nada cómodos, algo les había ocurrido
por dentro y no sabían como explicarlo ni comprenderlo, y ese sentimiento lo
reflejaban con una timidez absoluta el uno en el otro.
Uno de los chicos se quitó el pantalón vaquero y en
calzoncillos se metió en el agua, no tardaron en seguirle los mas borrachos.
Ellas, mas previsoras, y sabiendo lo que iba a ocurrir, llevaban el biquini
debajo de la ropa, y todos acabaron en el agua salvo Sara y Oliver. Entonces
Sara venció su brutal timidez para acercarse a él, se sentó a su lado y se le
cortó la respiración sorprendida de su propia actitud. Oliver la miró sorprendido,
también hecho un montón de nervios y vio que ella estaba tiritando. Dudando le
ofreció su chaqueta, y ella la aceptó con gusto. Lo mejor es que ella no estaba
tiritando de frío, si no de miedo. Comenzaron a hablarse de nuevo, a
preguntarse que les pasaba y por qué habían dejado de hablarse durante dos días
enteros. Ninguno de los dos tenía una explicación a la pregunta ¿pero... estas
enfadada/o conmigo? Los dos odiaban que los demás hablasen de ellos, y se lo
explicaron terminando por reírse a carcajadas. Y entre una de esas risotadas,
él acercó su mano levemente a su cara... separó su fino cabello y la rozó la
oreja... bajo su mano hasta su cuello y la acercó sutilmente hasta que por
primera vez en sus vidas posaron sus labios en los de otra persona. Pasó un
universo por delante de aquel instante, dejaron de escucharse los gritos de los
que continuaban chapoteando y mojándose en la orilla de la playa. Se olvidaron
de donde se encontraban, el tiempo se paró, casi no se reconocían ni a ellos
mismos, pero parecía que sus cuerpos estaban diseñados para expresar todos sus
sentimientos en aquel mágico instante.
Pasaron el resto del verano sin separarse ni un segundo. Él
pasaba a buscarla por su casa todas las mañanas para ir juntos a la playa.
Silbaba desde detrás de las plantas para que ella saliera y la esperaba en el
callejón donde terminaba el bloque de apartamentos. Eran muy sutiles, todo para
que no se enteraran sus padres. Allí se daban un tímido beso de buenos días
después de comprobar varias veces que no les observaba nadie. Ella le
acompañaba siempre que tenían partido de fútbol, incluso le alentaba mientras
jugaba, aunque no le gustara nada lo que para ella era "un estúpido
juego".
Pasaban las noches, los días y las semanas, y poco a poco
llegó el día en que se separarían durante mucho tiempo. Era como si negasen que
aquel momento llegaría, pero el tiempo les pesó como una losa su última noche.
Lloraron abrazados, envueltos entre toallas que habían llevado hasta la playa.
Querían detener el tiempo y odiaron el momento en el que el sol alumbró su
última mañana juntos. Caminaron por el paseo solitario entre ladridos y
canturreos de los pájaros. Pasaron por delante de cada una de las esquinas
donde se habían besado alguna noche, señalándola y riéndose entre nostalgia,
recordando cada segundo mágico de aquel único verano donde conocieron el amor.
Se juraron cartas y postales. Se prometieron que cuando se
sacaran el carnet de conducir al año siguiente, lo primero que harían sería
irse a visitar, que escogerían la misma ciudad para estudiar en la universidad
y poder pasar muchos años juntos. Y así entre recuerdos y sueños de futuro se
unieron en un último abrazo, compartieron entre angustia y placer el momento más
intenso que habían vivido hasta entonces en su joven existencia, y lo
disfrutaron como si fuera el regalo mas grande y preciado que les hubiera dado
la vida.
Sus manos dejaron de tocarse, se pidieron tantas veces que
no se darían la vuelta para no hacer de aquella despedida un momento
interminable. Pero no lo conseguían, una y otra vez se volvían y en una corta
carrera hasta el otro se abrazaban besándose entre lagrimas y sollozos.
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Sabéis que me adoráis, un beso de parte de Sergy :)


2 comentarios:
Preciosa la historia :)
Vaya, gracias! :) Cosas como esta son las que me animan a seguir escribiendo.
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